Diminuto, negro y pincelado con manchitas blancas. Al Aedes aegypti, el mosquito que transmite el dengue, lo tenemos identificado. Le ofrecemos condiciones ideales en nuestros patios y jardines para que se reproduzca y refugie. Y después pica. Y si está infectado, contagia. Por eso, los especialistas no se cansan de hacer hincapié en la responsabilidad de todos y cada uno en la tarea de desbaratar criaderos para romper ese círculo y ponerle freno a la transmisión del virus que ya está presente en la mitad del país.
"Más allá de asustarse del mosquito adulto, que es el que transmite la enfermedad y está bien no tener contacto, el problema son las larvas", enfatiza Sylvia Fischer, integrante del Grupo de Estudio de Mosquitos (GEM) de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires. "La gente tiene que saber lo que tiene que buscar. Si no, está siempre la idea de que lo que busco en el frasco es el mosquito adulto. Las larvas se descubren a simple vista. Probablemente es algo que muchos ven en su vida cotidiana y no están registrando que es eso lo que tienen que controlar. Este es uno de los puntos más complicados para tratar de reducir un poco las abundancias".
Tomás Orduna, jefe de Medicina Tropical del Hospital Muñiz, pone el foco en la misma cuestión: "Cuando tengo un mosquito dándome vueltas sé que al menos en unos 100 metros a la redonda hay criaderos. Yo no puedo ir revisando casa por casa, pero como compromiso puedo empezar por la mía".
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El mosquito tiene dos etapas: la de larva la completa en el agua. "Ese es el momento en el que es más fácil descubrirlo y controlarlo. Está en el tarrito y no se puede escapar. Tirás el agua y ya está", explica la doctora en Ciencias Biológicas, investigadora del CONICET. La larva es alargada y finita, viborea y cuelga con la cabeza hacia abajo perpendicular a la superficie del agua, mientras que la pupa (el estadío anterior al adulto) es más "cabezona" y tiene la forma de una coma.
En esa fase, entonces, el agua es la clave. Pero no cualquiera.
El Aedes aegypti no se cría ni en zanjas, ni en los lagos de los parques ni en zonas inundadas por ríos. Su ámbito de acción y reproducción es el ámbito doméstico: el balde, el bebedero del perro, la regadera, el vasito con raíces de plantas, la zinguería, un neumático abandonado, el portamacetas que se llenó, hasta una tapita de gaseosa ("cualquier acumulación de agua muy pequeñita es suficiente"). Ahí, probablemente, hayamos visto alguna vez larvas o pupas. Que sea limpia no es requisito excluyente. "Tenemos numerosas observaciones donde se desarrollan en recipientes cuya agua está por ejemplo verde o marrón", aclaró Fischer.
¿Y la pileta? Nicolás Schweigmann, líder del GEM y también investigador del CONICET, apunta que a estos insectos "no les gusta el agua en agitada, aprovechan la tranquila (aquella que olvidamos)". Al Aedes aegypti específicamente "
las Pelopincho les van mejor, especialmente cuando queda poca agua o en el agua que se forma en los pliegues. A las piletas de material, esta especie prefiere usarlas cuando tienen poca agua", aclaró.
El Aedes aegypti es un mosquito antropofílico, es decir que prefiere picar personas antes que otros animales. Su radio de acción es muy acotado, no supera los 50 metros, revela Schweigmann. "
Son muy sutiles en su vuelo. Se mueven por abajo, les atraen mucho los pies. No llegás a escucharlos porque no andan por la cabeza", explica Fischer. "Tenés la percepción de que algo te está dando vueltas. Hasta que en un momento lográs verlo. Pero es prácticamente imperceptible, diferente al Culex (otro género de mosquitos), al que le decimos 'el bruto' y es el que te hace un ruido brutal en la cabeza y cuando te pica te deja un ronchazo", añade Orduna.
Su actividad es diurna.
Pica durante el día y sólo lo hace la hembra. "Tanto machos como hembras se alimentan de néctar y jugos de plantas y ellas en particular pican personas o animales para madurar los huevos. Es como una fuente de energía extra que necesitan para eso", señala la especialista.