Entre lo abrupto y lo anunciado, la situación de Paraná Metal llegó al punto que muchos temían. Desde ayer, la compañía comenzó a notificar a buena parte de sus empleados la finalización de los vínculos laborales a partir del 31 de octubre próximo, en el marco de un replanteo que la firma perteneciente al Grupo Indalo pretende encarar "para redefinir su plan estratégico al nuevo contexto". Si bien es conocido que desde su primera crisis, allá por 2008, la autopartista nunca había logrado levantar vuelo completamente; en los años siguientes había conseguido normalizar someramente su situación productiva a expensas de una drástica reducción de los planteles de trabajo, que se movieron al ritmo de suspensiones rotativas y otras maniobras. En un contexto de marcado descenso de la industria automotriz que empuja hacia la baja a sus ramas relacionadas, la situación endeble de la empresa se agudizó al no conseguir cerrar contratos con eventuales empresas demandantes. En este contexto, y en medio de dimes y diretes en los que ya se barajaba tangencialmente la posibilidad de cierre, Paraná Metal avanzó esta semana en el despido de 180 trabajadores. No obstante, la firma todavía no ha confirmado su cierre, sino que se tomará los próximos 60 días para "evaluar su futuro", donde las chances de bajar sus persianas aparecen con fuerza.