Con un texto que publicaron en su cuenta de Facebook, el grupo puertorriqueño expresó sus sentimientos más profundos hacia el escritor uruguayo, en palabras de su cantante René Pérez Juglar. A continuación, podés leer la carta completa:
Eran como las dos de la tarde. Luego de intercambiar varios correos electrónicos el encuentro se hacÃa real. Estaba por conocer, no solo a uno de los escritores más grandes de Latinoamérica, sino que también al único escritor que fue capaz de capturar la atención de un niño Ãndigo, que ahora de adulto carga con un déficit de atención y que vive en una nube de un paÃs que no existe.
Después de 3 cuadras doblando hacia la derecha, nos refugiamos en un pequeño restaurante italiano. En la mesa habÃa pastas al dente, pan, aceite, un poco de pimienta y vino. Al principio me sentÃa nervioso, no sabÃa cómo empezar, sobre qué temas hablarle. TenÃa frente a mà un libro abierto mientras tomaba vino y me iba sintiendo como un libro sin letras. Como si fuera poco, en mi cabeza se hacÃa cada vez más recurrente el aviso de que soy un tipo que patinó por 5 escuelas en Puerto Rico antes de graduarse, sin ningún credencial intelectual, con muy pocas lecturas en la cabeza y con una facilidad increÃble para perderse en cualquier conversación. SabÃa que al final serÃa delatado por mis ojos espaciados que miran sin mirar y atienden sin atender.
Solo tenÃa una forma de sobrevivir a este encuentro, asà que decidà confesarle mi "padecimiento". Por alguna extraña razón, en ese momento todos los platos, vasos y cubiertos dejaron de hablar para escucharme decir: "Eduardo, tengo un problema, soy muy despistado y a veces se me hace muy difÃcil seguir una conversación". A lo que él me contesto, "yo también soy despistado y de los peores". Desde ese momento en adelante todo fluyó de forma natural, como si fuésemos amigos de antaño. Eduardo empezó a hablar mientras mi esposa y yo escuchábamos. Fue como escuchar al tiempo narrando historias.
Compartió los escritos que tenÃa en una de sus libretas miniatura, donde escribÃa una idea por página. En ese momento andábamos por la ciudad de Nueva York. "Las ciudades resuelven el 90% de los problemas que ocasionan", leÃa uno de los escritos en aquella pequeña libreta.
Nos contó sobre todos sus viajes por Latinoamérica, el tiempo cuando acampó con mineros en Chile, las historias de sus amigos arrojados desde un avión con las tripas al aire durante la dictadura en Argentina, sus años en la revista, su tiempo en España. Nos habló sobre su familia, su compañera, sus hijos, su sobrina, sus amigos escritores, sus no tan amigos escritores, sus encuentros, sus despedidas; toda una vida contada frente a una mesa a la que le salieron raÃces y ramas que rompieron las ventanas de aquella tarde que ya era noche.
El vino no se acababa y nunca se acabó, porque siguió merodeando por nuestras cabezas hasta nuestra salida de aquel pequeño restaurante. Y asÃ, amarrados hombro con hombro, como si fuéramos compañeros de toda una vida, nos acompañamos hasta llegar a su hotel.
Le pregunté si necesitaba ayuda para llegar a su habitación y me miró con la cara de alguien que sobrevivió momentos mucho peores que una subida de elevador con tres botellas de vino en la sangre. Lo entendà totalmente, asà que decidà darle un abrazo. Luego del abrazo, apretándome con fuerza la mano con la que escribo y casi hablándome con los ojos me dijo, nos volveremos a ver. Asà me despedà de una de las mejores historias que vivÃ, el mejor de los cuentos.
Gracias por ese dÃa Eduardo. Te queremos mucho,
René, Sol y Milo