De manera al principio tímida, pero con creciente magnitud, una marea puso en cuestión los fundamentos de una forma de organización social que abreva en sus más remotos orígenes.
Una organización que se fundamenta en la diferencia, en la segregación, en la desigualdad de derechos. Una forma de sojuzgamiento de la mitad de las personas que habitan el mundo. Una marea humana.
La mitad de la humanidad, nosotras, las mujeres, empezamos a decir basta.
Basta de modelos impuestos que denigran, basta de roles que ocultan, basta de menosprecios, de usurpación de cuerpos y placeres, basta de violencias de toda índole.
Hoy parece inconcebible, pero sólo recién largamente avanzado el siglo pasado es que accedimos, por ejemplo, al derecho al voto. Éramos seres infantilizados, degradados. Aquellas que, luchando de manera harto desigual, accedían a espacios considerados masculinos (universidades, espacios de poder político, etc.), eran consideradas una anécdota, casi un fenómeno de la naturaleza, dignas de ser exhibidas en una feria.
Pero un día cambiaron los vientos, nos empezamos a ver de frente, a reconocernos en la compañera, a creer que la batalla era, no solo posible, sino imprescindible. Y la marea empezó a andar. Valorarse como mujer implicó que, además, tuviésemos que construir un nuevo modelo.
La imagen femenina ofrecida se tornó obsoleta, anacrónica a los nuevos tiempos que corrían No queremos negar la feminidad, queremos crear la nueva feminidad. No la que quieren imponernos, sino aquella que elegimos.
La que nos permita transitar las diferencias desde la igualdad de derechos. La que da el espacio para que ser mujer sea ser independiente, autónoma, respetada.
Una feminidad que podamos transmitir a nuestras hijas con orgullo, con certeza de que las estamos formando para su desarrollo pleno, sin fisuras, sin incompletudes.
Es una transformación que horada los cimientos mismos del sistema. No en vano las resistencias al cambio son tantas, constantes, insistentes. Una batalla que se construye día a día, paso a paso, en la familia, en el trabajo, en todos los lugares que ocupamos. Una batalla donde las víctimas se cuentan por miles. En la cual la violencia se desboca. Ya no alcanza con amenazarnos, golpearnos, perseguirnos, violarnos, matarnos, ahora parece que es necesario violar hasta la muerte, desmembrarnos, quemarnos, desaparecernos en bolsas de basura.
Asesinarnos después de muertas, horrorizarnos, mediatizar la imágen y los datos personales de las víctimas y nunca de los victimarios. Pruebas, más y más pruebas nos piden y con ellas nos juzgan por la elección de la pareja por haber "aguantado", por denunciar, por no denunciar, etc.
Las mujeres sabemos que la lucha que llevamos adelante es justa, sabemos que todas juntas vamos a lograr los objetivos trazados, sabemos que ya no estamos solas y sabemos que ya no pueden callarnos. Llegará el día en que no hagan falta más mártires. AHORA QUE SÍ NOS VEN la marea avanza. Y no tiene retorno.
Frente de Mujeres de Fighiera.