Hasta último momento no se habÃa decidido sobre qué ciudad el Enola Gay lanzarÃa su carga mortÃfera. HabÃa cuatro posibilidades: Kokura, Hiroshima, Niigata y Kyoto. La primera opción habÃa sido Kyoto.
Las ciudades debÃan poseer un requisito indispensable para integrar esta lista. No haber sufrido antes bombardeo alguno. DebÃa quedar en evidencia el colosal poder destructor de la nueva bomba, sin que existiera duda alguna. Ciudades impolutas para sucumbir bajo su poder. Que ningún otro se atribuyera el mérito de hacer desaparecer una ciudad.
Hiroshima no habÃa recibido bombardeos en toda la guerra. Sólo una pasada de dos aviones que habÃan dejado caer una bomba cada uno. La primera cayó al agua; la segunda produjo dos muertos. Los habitantes de Hiroshima se consideraban afortunados. Por la ciudad circulaban los más disparatados rumores sobre las causas de esa inmunidad. Desde que una vez acabada la guerra, los norteamericanos instalarÃan allà sus fuerzas hasta que la madre del presidente habÃa visitado Japón en su juventud y habÃa quedado prendada por la belleza de esa pequeña ciudad.
Las autoridades militares de Hiroshima descreÃan de estas supersticiones. SabÃan que si la guerra se prolongaba, caerÃan bajo las generales de la ley: serÃan atacados con bombas incendiarias, la novedad introducida desde los ataques aéreos a Tokio. El napalm: ideal para destruir las ciudades japonesas, abundantes en papel y madera. El temor principal era la propagación del fuego. Ordenaron construir caminos cortafuegos. Para eso debÃan derribar numerosas casas. La abnegación japonesa salió, una vez más, a la luz. Nadie se opuso. La gente perdÃa sus viviendas en miras al bien común. Cada mañana miles de alumnas secundarias recogÃan los escombros de las veredas y las despejaban.
En la madrugada del 6 de agosto, un avión sobrevoló el cielo de Hiroshima. Sonó, como casi todas las madrugadas del último mes, la alarma antiaérea. Nadie se preocupó en demasÃa. Era un B-san (Señor B), como los japoneses llamaban a los B-29. Sólo uno. Pero ese B-29 no era uno más. Era el Straight Flush comandado por Claude Eatherly, integrante del cuerpo 509.
Eatherly debÃa hacer la ruta que sólo una hora después harÃa el Enola Gay y comprobar las condiciones metereológicas. Desde el cielo, la ciudad se veÃa con prÃstina claridad. Eso informó Eatherly.
El Enola Gay continuó su marcha con confiada tranquilidad. Little Boy (el nombre con el que habÃan apodado a la bomba atómica) esperaba ser lanzada. Una hora después el Enola Gay ya sobrevolaba Hiroshima.
Eran las 8.15 del 6 de agosto de 1945. El último minuto de una era.
Sesenta segundos después comenzaba la era atómica. Con la muerte instantánea de más de cien mil personas. Cien mil muertos en nueve segundos. El setenta por ciento de las viviendas absolutamente destruidas. Sesenta mil heridos de gravedad. La gran mayorÃa de ellos murió en los dÃas y meses subsiguientes como consecuencia de la explosión atómica.
